y un poco de cielo austral
Anónimo
Selección Adultos
Cuando era más cabro mi tía me sacó a la playa de madrugada, en mitad de invierno, para enseñarme a leer. Era una improbable noche sin luna, totalmente despejada. En la oscuridad absoluta nuestra linterna pequeñita nos alumbraba un metro por delante y cada tanto me parecía ver sombras volando entre nosotros, pero no podía distinguir si eran murciélagos o pajaritos. Imaginé que, incluso si el motor del pueblo hubiese estado andando, la luz de las casitas se habría perdido detrás de los árboles. A las 5 de la mañana la única evidencia de asentamiento era el delgado humo de los últimos fuegos que morían en las combustiones, bajando lento hacia el fiordo.
A lo que llegamos a la puntilla del mallín, mi tía apagó la linterna y me indicó que mirara al weste. De a poco mis ojos fueron ajustándose a la luz y apareció acostadito hacia el horizonte todo el manchón de estrellas.
- Tu mai va a necesitar ayuda con su huerta y tú ya estás bien grande así que podrías darle una manito ¿no? – Mi mai tenía una rodilla mala y cada día se le hacía más complicado el trabajo con la tierra. Le asentí con la cabeza, pero como no se veía nada me repitió la pregunta.
- Sí, sí. Pero qué tiene que ver eso con las estrellas.
- Viste cuando hacemos galletas en la casa, que tenemos el recetario de la abuela y ahí salen los ingredientes, las cantidades y los tiempos de cada cosa. Bueno, el cielo es el recetario de la tierra: nos dice cuándo sembrar, qué sembrar, cuándo cosechar y un montón de cosas más. Hoy vamos a leerlo.
Lo primero en que hizo énfasis fue que en la Patagonia éramos muy afortunados porque en invierno teníamos una visión única del centro de nuestra galaxia y me apuntó al sector más brillante del manchón de estrellas.
- Entre la constelación de Escorpión y Sagitario está el centro de la Vía Láctea– Tuvo que explicarme qué eran las constelaciones y cómo se movían en relación a nosotros- Es ideal mirar el cielo una noche como esta: luna nueva y ni una nube.
- Ahí hay dos nubes – le apunté derechito para arriba y se me río.
- Buen ojo. Esas son las nubes de magallanes, en realidad son galaxias completamente distintas a la nuestra, no nubes, y solo se ven desde el hemisferio sur- Sacó el termo y me sirvió una infusión de yuyos caliente para pelearle al frío.
- ¿Qué tiene que ver todo esto con la huerta? -Pregunté confundido. La escuché reírse mientras se servía a su vez la agüita de yerbas. Mi tía era solo un par de años más joven que mi mamá, pero sus vidas habían sido muy distintas. Mi tía salió, estudió, viajó y hace tres años había vuelto a cuidar a la abuela. Sabía un montón de cosas sobre un montón de cosas, pero nunca la había visto pasar ni media hora en la huerta, esos eran temas de mi mai.
- Mira al este- me dijo- ¿Ves ese grupito de estrellas que está saliendo ahí arriba del cerro? Los mapuches le llaman Ngaw poñü
- ¿Montón de papas? – pregunté intentando traducir.
- Tal cual. Esa constelación es importante para los pueblos originarios del cono sur. Entre mayo y junio desaparecen del cielo nocturno. Los incas se guiaban por ellas para dejar descansar la tierra en ese período. O sea, cosechaban hasta mayo y empezaban a sembrar en junio. Los mapuches, por otro lado, las asocian a la llegada del año nuevo, momento donde también se renueva la tierra.
- O sea, tendríamos que haber empezado a sembrar hace un mes.
- No – hice un ruidito de no entender – Nuestro cielo, no es el mismo cielo de los incas, ni el de los mapuches, el nuestro es un cielo austral y nos pide que le demos más tiempo a la tierra para descansar. Si sembramos ahora y apuramos la huerta, corremos el riesgo de perder el trabajo por la escarcha o las heladas.
- ¿Y entonces?
- Como a los dos meses, desde el primer día que aparece arriba del cerro el Montón de Papas, empezamos a sembrar.
Mientras amanecía me fue explicando, además, todo sobre la luna y sus fases: que en la menguante de junio podamos y deshierbamos para evitar plagas y preparar la tierra, que la luna manda las mareas y con la bajamar se colecta el zargazo para abonar la tierra, que los tomates los sembramos en el cuarto creciente.
- ¿Y las papas?
- En el cuarto menguante – Ahora que ya clareaba la veía un poco mejor, me sorprendía la persona que era: tan segura y tan certera en las respuestas. La miraba y sentía que estaba llena de un mundo que yo aún no conocía.
- Tía ¿todo esto lo aprendiste en tus viajes? – Apartó los ojos del cielo y se giró para mirarme de frente.
- No michico. Todo esto me lo enseñó la abuela y tu mai, así como ahora te lo enseño yo a ti. Y, escúchame bien, este conocimiento lo tienes que cuidar y cultivar porque es el más importante. Si después sales a estudiar y viajas, incluso a los lugares más lejanos del mundo, te vas a dar cuenta que para entender dónde estás, tienes que saber de dónde vienes. Para mirar un cielo distinto, primero tienes que saber cómo es el tuyo. Y tú eres marinense, eso significa que eres parte de este lugar y este lugar es parte tuyo: eres un poco de fiordo, un poco de playa, un poco de bosque y un poco de cielo austral.
FENÓMENOS DEL CIELO PRESENTE EN EL CUENTO
Luna sobre el fiordo
Nube de Magallanes sobre la Barra
Marinense y galaxia.
Via láctea y marinense.